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Diez minutos llegan

Me sumo a la propuesta hecha por el papa Francisco en la que plantea que las homilías no deberían de pasar de los diez minutos. El Sumo Pontífice aún profundiza más indicando que estas exposiciones orales en actos religiosos, “son un desastre en general”. Insiste en que no son una conferencia, “es un sacramental”, señaló.


Estas afirmaciones, en forma de puntualizaciones concretas y muy atinadas, me vienen al pelo para extrapolarlas a otros momentos de la vida diaria. Y de entre todos ellos escojo los que protagonizan los políticos. Por regla general los que se suben a una tarima, un estrado o un escenario para lanzar su discurso y soflama política son en verdad tediosos. No tienen la menor de las limitaciones de no ser pesados, reiterativos y, por encima de todo, inconsistentes en sus planteamientos orales que suelen llevar a la máxima potencia del tiempo con el que aburren a los que acuden para oírles, que no escucharles.


El arte primario de un buen orador es saber comunicar utilizando para ello una intervención directa y en la que debe emplear el menor tiempo posible. Los excesos verbales suelen crear además de confusión un estado de somnolencia entre los que acuden a un acto con la intención de escuchar, si descontamos a los militantes y simpatizantes a ultranza que suelen alabar las largas y eternas palabras que pronuncian sus representantes políticos.


Pienso que las intervenciones públicas, sean del signo que sean y de la temática que conlleven, deben de contar con la preparación y el compromiso necesarios además de un profundo conocimiento y un profundo sentido  de lo que se pretende comunicar. Todo lo que supere los diez minutos en una intervención pública suele ser un tema que cansa al que recibe el mensaje que intenta transmitirle el orador. Y eso se nota cuando los actos se hacen en recintos cerrados y con incómodos asientos en los que empiezan a removerse los asistentes.


El papa Francisco ha estado muy atinado con su comentario. Me gustaría que los integrantes de la Iglesia que se suben a un púlpito o hablan desde un altar para pronunciar una homilía lo tuviera en cuenta. Con demasiada frecuencia seguimos, sin seguir de manera literal, las palabras que nos están pronunciado que muchas veces son farragosas y carentes del mínimo contenido que pueda despertar el interés del que las escuchan.

Diez minutos llegan

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